31/5/11

El conocimiento científico y sus características

La ciencia es una vasta empresa que ha ocupado y ocupa una gran cantidad
de esfuerzos humanos en procura de conocimientos sólidos acerca de la
realidad. Tratar de elaborar una definición más precisa sería tarea
evidentemente ardua, que escapa a los objetivos de estas páginas. Pero
interesa señalar aquí que la ciencia debe ser vista como una de las actividades
que el hombre realiza, como un conjunto de acciones encaminadas y dirigidas
hacia determinado fin, que no es otro  que el de obtener un conocimiento
verificable sobre los hechos que lo rodean.  [V. Bunge M.,  La Ciencia, su
Método y su Filosofía, Ed. Siglo Veinte, Bs. Aires, 1972; N. Ferrater Mora,
Diccionario de Filosofía; Nagel, Ernest, La Estructura de la Ciencia, Ed. Ariel,
Barcelona, 1978, y nuestro ya citado  Los Caminos de la Ciencia, entre la
mucha bi- bliografía existente.]
    Como toda actividad humana, la labor de los científicos e investigadores está
naturalmente enmarcada por las necesidades y las ideas de su tiempo y de su
sociedad. Los valores, las perspectivas culturales y el peso de la tradición
juegan un papel sobre toda actividad que se emprenda y, de un modo menos
directo pero no por eso menos perceptible, también se expresan en la

producción intelectual de una época el tipo de organización que dicha sociedad
adopte para la obtención y transmisión de conocimientos y el papel material
que se otorgue al científico dentro de su medio.  [V., entre otros, a Bernal, John
D.,  Historia Social de la Ciencia, Ed. Península, Barcelona, 1976; Merton,
Robert K., La Sociología de la Ciencia, Ed. Alianza, Madrid, 1977; Geymonat,
Ludovico,  El Pensa- miento Científico, Ed. Eudeba, Buenos Aires, 1972, y
Kuhn, Thomas, La Estructura de las Revoluciones Científicas, Ed. FCE, Madrid,
1981.] Considerando estos factores será preciso definir a la ciencia como una
actividad social y no solamente individual, para no correr el riesgo de imaginar
al científico como un ente abstracto,  como un ser que no vive en el mundo
cotidiano, con lo que perderíamos de vista las inevitables limitaciones históricas
que tiene todo conocimiento científico.
    Entrando más de lleno en la determinación de las características principales
del pensamiento científico habremos  de puntualizar que éste se ha ido
gestando y perfilando históricamente por medio de un proceso que se acelera
notablemente a partir de la época del  Renacimiento. La ciencia se va
distanciando de lo que algunos autores denominan Aconocimiento vulgar",
[Nos referimos a Bunge,  Op. Cit.] otros Aconocimientos práctico" y otros Ael
mundo del manipular";  [Kosic, Karel,  Dialéctica de lo Concreto, Ed. Grijalbo,
México, 1967, pp. 26 a 37, passim.]  se va estableciendo así una gradual
diferencia con el lenguaje que se emplea en la vida cotidiana, en la búsqueda
de un pensamiento riguroso y ordenado.
    Al igual que la filosofía, la ciencia trata de definir con la mayor precisión
posible cada uno de los conceptos que utiliza, desterrando las ambigüedades
del lenguaje corriente. Nociones como las de Acrisis económica", Avegetal" o
Aestrella", por ejemplo, que se utilizan comúnmente sin mayor rigor, adquieren
en los textos científicos un contenido mucho más preciso. Porque la ciencia no
puede permitirse designar con el mismo nombre a fenómenos que, aunque
aparentemente semejantes, son de distinta  naturaleza: si llamamos Acrisis" a
toda perturbación que una nación tiene en su economía sin distinguir entre los
diversos tipos que se presentan, nos será imposible construir una teoría que
pueda describir y explicar lo que son precisamente las crisis: nuestro modo de
emplear el lenguaje se convertirá en nuestro principal enemigo. De allí la
necesidad de conceptualizar con el mayor rigor posible todos los elementos
que componen nuestro razonamiento, pues  ésta es la única vía que permite
que el mismo tenga un significado concreto y determinado. De  allí también la
aparente oscuridad de algunos trabajos  científicos, que emplean conceptos
específicos, claramente delimitados, utilizando palabras que confunden al
profano.
    Otras cualidades específicas de la  ciencia, que permiten distinguirla con
bastante nitidez del pensar cotidiano y de otras formas de conocimiento (según
veíamos en 1.3), son las que mencionaremos a continuación:
Objetividad: La palabra objetividad se deriva de objeto, es decir, de aquello
que se estudia, de la cosa o problema  sobre la cual deseamos saber algo.

[V. Infra, 2.1.] Objetividad significa,  por lo tanto, que se intenta obtener un
conocimiento que concuerde con la realidad del objeto,  que lo describa o
explique tal cual es y no como nosotros desearíamos que fuese. Ser objetivo
es tratar de encontrar la realidad del objeto o fenómeno estudiado,
elaborando proposiciones que reflejen sus cualidades. Lo contrario es la
subjetividad, las ideas que nacen del  prejuicio, de la costumbre o de la
tradición, las meras opiniones o impresiones del sujeto. Para poder luchar
contra la subjetividad es preciso que nuestros conocimientos puedan ser
verificados por otros, que cada una de las proposiciones que hacemos sean
comprobadas y demostradas en la realidad, sin dar por aceptado nada que
no pueda sufrir este proceso de verificación.
    Si una persona sostiene: Ahoy hace más calor que ayer" y otra lo niega, no
podemos decir, en principio, que ninguna  de las dos afirmaciones sea falsa o
verdadera. Probablemente ambas tengan razón en cuanto a que sienten más o
menos calor que el día anterior, pero eso no significa que en realidad,
objetivamente, la temperatura haya aumentado o  decrecido. Se trata de
afirmaciones no científicas, no verificables, y que por eso deben considerarse
como subjetivas. Decir, en cambio, Aahora la temperatura es de 24 o
C", es una afirmación de carácter científico, que puede ser verificada, y que Ben caso de
que esto ocurraB podemos considerar como objetiva.
    El problema de la objetividad no es tan simple como podría dar a entender el
ejemplo anterior, sacado del mundo físico. En todas nuestras apreciaciones va
a existir siempre una carga  de subjetividad, de prejuicios, intereses y hábitos
mentales de los que participamos muchas veces sin saberlo. Este problema se
agudiza cuando nos referimos a los temas que más directamente nos
conciernen, como los de la sociedad, la economía o la política, en todos los
cuales puede decirse que estamos involucrados de algún modo, que somos a
la vez los investigadores y los objetos investigados. Por eso no debemos decir
que la ciencia es objetiva, como si pudiese existir un pensamiento totalmente
liberado de subjetividad, sino que la ciencia intenta o pretende ser objetiva, que
trata de alcanzar un fin que, en plenitud, en términos absolutos, resulta
inaccesible.
Racionalidad: es otra característica de suma importancia para definir la
actividad científica, que se refiere al hecho de que la ciencia utiliza la razón
como arma esencial para llegar a sus resultados. Los científicos trabajan en
lo posible con conceptos, juicios y razonamientos y no con sensaciones,
imágenes o impresiones.  Los enunciados que realizan son combinaciones
lógicas de esos elementos conceptuales que deben ensamblarse
coherentemente, evitando las  contradicciones internas, las ambigüedades y
las confusiones que la lógica nos enseña a superar. La racionalidad aleja a la
ciencia de la religión, y de todos los sistemas donde aparecen elementos noracionales o donde se apela a principios explicativos extra o sobre-naturales;
y la separa también del arte donde cumple un papel secundario, subordinado
a los sentimientos y sensaciones.
Sistematicidad: La ciencia es sistemática, organizada en sus búsquedas y

en sus resultados. Se preocupa por organizar sus ideas coherentemente y
por tratar de incluir todo conocimiento parcial en conjuntos cada vez más
amplios. No pasa por alto los datos que pueden ser relevantes para un
problema sino que, por el contrario, pretende conjugarlos dentro de teorías y
leyes más generales. No acepta unos datos y rechaza otros, sino que trata
de incluirlos a todos dentro de modelos en los que puedan tener ordenada
cabida. La sistematicidad está  estrechamente ligada a la siguiente
característica que examinaremos.
Generalidad: La preocupación científica no es tanto ahondar y completar el
conocimiento de un solo objeto individual, como en cambio lograr que cada
conocimiento parcial sirva como puente  para alcanzar una comprensión de
mayor alcance. Para el investigador, por ejemplo, carece de sentido conocer
todos los detalles constitutivos de un determinado trozo de mineral: su interés
se encamina preponderantemente a establecer las leyes o normas generales
que nos describen el comportamiento de  todos los minerales de un cierto
tipo, tratando de elaborar enunciados amplios, aplicables a categorías
completas de objetos. De este modo, tratando de llegar a lo general y no
deteniéndose exclusivamente en lo  particular, es que las ciencias nos
otorgan explicaciones cada vez más valiosas para elaborar una visión
panorámica de nuestro mundo.
Falibilidad: la ciencia es uno de los pocos sistemas elaborados por el
hombre donde se reconoce explícitamente la propia posibilidad de
equivocación, de cometer errores. En esta conciencia de sus limitaciones es
donde reside su verdadera capacidad para autocorregirse y superarse, para
desprenderse de todas las elaboraciones aceptadas cuando se comprueba
su falsedad.  [Recomendamos, para todo este punto, consultar a Mario
Bunge,  La investigación Científica, su Estrategia y su Filosofía, Ed. Ariel,
Barcelona, 1969, así como a Popper, Karl,  La Lógica de la Investigación
Científica, Ed. Tecnos, Madrid, 1980.] Gracias a ello es que nuestros
conocimientos se renuevan constantemente y que vamos hacia un
progresivo mejoramiento de las explicaciones que damos a los hechos. Al
reconocerse falible todo científico abandona la pretensión de haber
alcanzado verdades absolutas y finales, y por el contrario sólo se plantea que
sus conclusiones son Aprovisoriamente  definitivas", como decía Einstein,
válidas solamente mientras no puedan ser negadas o desmentidas. En
consecuencia, toda teoría, ley o afirmación está sujeta, en todo momento, a
la revisión y la discusión, lo que permite perfeccionarlas y modificarlas para
hacerlas cada vez más objetivas, racionales, sistemáticas y generales.
    Este carácter abierto y dinámico que posee la ciencia la aparta de un modo
nítido de los dogmas de cualquier tipo que tienen la pretensión de constituirse
en verdad infalible, proporcionándole así una enorme ventaja para explicar
hechos que esos dogmas no interpretan o explican adecuadamente, para
asimilar nuevos datos o informaciones, para modificarse continuamente. Es, de
algún modo, la diferencia crucial que la distingue de otros modelos de
pensamiento, sistemáticos  y racionales muchas veces, pero carentes de la
posibilidad de superarse a sí mismos.

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